• Gloria Beatriz

HISTORIA DE UN NIÑO PERDIDO


Hoy mi celular me dice que es el cumpleaños de Yeison, 18 años, la mayoría de edad. Hace ya dos años que no sé de él, desde que se fugó de la Fundación en la que se encontraba. Hace dos años que perdí su rastro y no hay una semana que no lo piense y me pregunte:¿Tendrá techo? ¿Tendrá hambre? ¿Estará en la calle? ¿Estará consumiendo?


A Yeison lo conocí cuando tenía 6 años en la institución en la que trabajaba como voluntaria, leyéndole cuentos a los niños más pequeños. Desde que lo vi se robó mi corazón. Era un niño hermoso, pequeño e indefenso, lleno de pecas (le decían “Pecas de bronce”) y voz ronca. El Estado se lo había retirado a su madre porque no lo cuidaba y estaba en la calle. Tenía mamá, padrastro, hermanos y hermanas, pero lo habían abandonado. Este delito deja cada día un promedio de dos niños abandonados en Colombia. En el 2017, se tenían 112.504 menores atendidos, de los cuales 25.056 se encontraban en centros de protección y hogares sustitutos según cifras reveladas por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF).


Dentro de la fundación se tenía un programa de padrinazgo y fue así como me convertí en la madrina de Yeison. Yo estaba pendiente de todo lo que necesitaba y especialmente haciéndole compañía con mis hijas; se convirtió en parte de la familia. De vez en cuando nos daban permiso y salíamos al cine, al parque o a tener un sábado en familia.


Sin embargo, un niño no puede estar bajo el cuidado del ICBF más de dos años sin que se defina su situación, ya sea declararlo en abandono o devolverlo a la familia. Lo último es lo primero que se hace. Entonces, a Yeison lo devolvieron a su madre. Él volvió a las calles y después de un tiempo regresó a la institución para pasar dos años más. En ese tiempo le dio una crisis de ira y fue remitido al hospital psiquiátrico donde fue diagnosticado con bipolaridad y nosotras fuimos las únicas que lo visitamos.


Después decidieron que se lo daban a su padrastro y de nuevo a las calles; se dio la alarma que estaba consumiendo y que estaba en peligro de muerte por limpieza social. Hice lo imposible por recuperarlo y logramos, con ayuda de la Fundación y la comisaría de familia, que lo trajeran de vuelta (Esta acción está amparada bajo el artículo 10, 11 y 40 de la ley 1098 de 2006).


Esta situación a la que llegó Yeison muestra que nunca se dio el acompañamiento familiar que se requiere cuando el niño vuelve a la familia y por ello era de esperar que la historia se repitiera una y otra vez.


El ICBF se puso furioso y me “reprendió” por interesarme y luchar por la vida de un niño, preguntándome por mis intenciones. “La venganza” del ICBF fue retirar el niño de la Fundación y no revelar su paradero, negándonos la posibilidad de verlo. Mi hija, que en ese entonces tenía 12 años, lloraba porque no entendía por qué no podía verlo.


A Yeison se lo llevaron a una institución que tenía sus instalaciones en lo que antes era una cárcel de mujeres. Las rejas, los candados y las puertas cerradas son un requisito de estos sitios. Lo volví a encontrar porque cerraron ese centro y todos acabaron en la Fundación y allí pude volver a abrazarlo.


No existe ninguna figura jurídica para apadrinar a un niño y solo puede solicitarse en caso de declararlo en abandono. Los niños están bajo cargo de los defensores de familia, que tienen total potestad sobre el menor durante el tiempo en el que están bajo el cuidado del Estado. Estos funcionarios están llenos de casos (cada niño es un expediente más) y solo están pendientes de que no se le venzan los dos años para definir su situación jurídica. Ellos son autónomos y solo responden ante un juez.


Los menores que se encuentran en las fundaciones deben tener permiso del defensor para hacer cualquier actividad fuera de la institución y puede llegar a ser tan engorroso que muchas veces no pueden ni ir al cine, salida que ha sido promovido por el mismo ICBF, porque no están los permisos. Terminan aislados del mundo -por no decir enjaulados- por cometer un solo crimen: ser abandonados.


Estas fundaciones que trabajan como operadores del Estado en el cuidado de los niños deben recibir a todos los que se remitan allí, por parte del ICBF, no importa si es por drogadicción, abandono, abuso o niños con problemas de conducta. Esto es un caldo de cultivo para la violencia y la drogadicción. Además, no son instituciones capacitadas para rehabilitación de adicciones.


Yeison, en su última etapa, fue declarado en abandono a los 16 años, lo que significa que ya no podía volver a su familia y se convirtió en “hijo del Estado”. En Colombia, de acuerdo con el ICBF hay 11.000 niños que están esperando ser adoptados. De estos, 4.325 son considerados de difícil adopción, porque están entre los 8 y los 17 años, tienen algún tipo de discapacidad o hacen parte de un grupo familiar.


Yeison entró en la adolescencia consumiendo (la Fundación ha librado una gran lucha contra ello, pero la está perdiendo), todavía en cuarto de primaria porque nunca terminaba el colegio. Él ya no quería estar más en la institución y un día se escapó y no volvimos a saber nada de él.


Siento que le fallé, que su familia le falló, que el Estado le falló y que uno de nuestros niños -como muchos Yeison- se perdió, porque no logramos cuidarlo como sociedad.



Gloria Beatriz Salazar de la Cuesta

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