• Gloria Beatriz

Chiribiquete

Uno de mis descubrimientos de este año ha sido Chiribiquete, a través del libro de Carlos Castaño-Uribe, el cual ya va en la segunda edición y los derechos patrimoniales los ha cedido para la protección de este Parque Nacional y Natural que es igualmente declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO por su valor natural e histórico, con sus pinturas rupestres.

A través de este maravilloso libro, viajé a través de la maloka cósmica del padre sol, la madre luna y su hijo el jaguar y me zambullí en el pensamiento profundo de nuestra ancestralidad prehispánica.

Chiribiquete es un lugar sagrado ubicado en la región amazónica, entre los departamentos del Guaviare y Caquetá, allí se encuentran los tepuyes o mesetas de Chiribiquete. Inmensas rocas que se levantan del mar de la selva creando un paisaje único y fascinante donde se pintó la capilla Sixtina de nuestros antepasados, un lugar ceremonial y mítico, en el cual se escribió el mito del origen y los chamanes se comunican con los seres espirituales.

Es un lugar al que no podemos ir en forma física sino a través de los libros, los documentales y hasta en las películas (el abrazo de la serpiente). Lo cual es suficiente para conectarnos con ese espíritu indígena que perdimos en el camino. Hemos valorado más nuestra herencia occidental que la prehispánica, y tal vez sea esta última, la que nos puede dar luces para este momento de quiebre en nuestro planeta.

Aportando conceptos esenciales para la sostenibilidad, como es la reciprocidad y la conexión con el mundo natural, lo cual no es una retórica, porque si se quiere pensar en solo términos racionales o biológicos: el planeta es un ser vivo, un gran sistema, del cual hacemos parte.

Las comunidades indígenas, a través de diferentes metáforas nos presentan la ley de la reciprocidad, en la que se responde de una forma mutua al dar y recibir e íntimamente ligado al concepto: “una acción genera una reacción”, somos un todo, donde no hay seres superiores. La tierra nos está devolviendo lo que le hemos dado.

Por ello cada ciudadano de este país debería leer este libro y cada escuela enseñar la cosmogonía del jaguar y convertirse en los guardianes de Chiribiquete, porque la constelación Orión, es realmente la constelación del jaguar, que viaja todas las noches a vigilar el equilibrio en nuestro planeta y la relación de los hombres con los animales y la tierra. Así la deberíamos llamar, somos más indígenas que griegos.

Tenemos en nuestras manos un pedazo de planeta considerado uno de los más biodiversos. Necesitamos sentir esa responsabilidad planetaria, amenazada por la codicia, la corrupción y la violencia. Colombia no es solo la región Andina, es también el Pacífico, la Orinoquía, el Caribe y la Amazonia. Somos un país biodiverso y pluricultural, y tal vez está allí, la respuesta para esta hecatombe que estamos viviendo.




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Escritora Contadora de Historias Tallerista

MANIZALES
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