• Gloria Beatriz

Un Cuento de Navidad

Actualizado: 24 de dic de 2020

La Navidad no empieza en diciembre ¡No! Es demasiada logística para unos pocos días. Noviembre es un mes de trabajos forzados: el desbarate de la sala, las sillas que se van para las piezas y el corredor, con el fin de hacer campo a una multitud de personas y animales que harán parte del Nacimiento. Y ni hablar de la sacada de las cajas escondidas debajo de las camas y en los armarios esperando un año para salir de su escondite.

Y aquí estoy con mi hijo armando el pesebre, porque a mi mujer no le gusta la Navidad, pero eso sí cuando todo esta listo y la casa está llena de luces y engallada hasta la cocina, entonces dice que quedó bonita.

Empiezo a desenvolver los primeros pastores y encuentro ¡una tragedia!

—Papá, ¿Qué es esa cara? ¡Parece que se murió alguien! —Pregunta Juan.

—¡Esto es muy grave! Empacaron mal los pastores el año pasado, vea ese niño se quedó sin mano y éste perdió las piernas.

—Parece que los pobres pastores jugaron con pólvora o pisaron una mina —Dijo seriamente Juan.

—Con maña hijo, que ya estamos en el postconflicto. Aunque no se sí la pesadilla ha terminado…

Pero, mi hijo ya no me oía, yo no era el único que luchaba con el pesebre. Juan estaba encartado con el lago y a punto de fenecer:

—Me rindo, No he podido con esto, se me riega el agua. Creo que me va tocar seguir armándolo con el espejo de mamá. Lo voy a traer del baño.

Luego, Juan se queda mirándome mientras yo bregaba por pegar las piernas del pastorcito, y pregunta:

—¿Por qué tenemos que poner un lago y un río? si por esos lares no hay agua, tendríamos que hacer mejor un oasis.

—Puede que tengas razón, pero es que este pesebre se hace en Colombia, el lago y el río son fundamentales. ¡Agua, sin ella no hay vida!

—Entonces, ¡ni se te ocurra que le vas a poner musgo! —Me regaña mi hijo.

—¡Yo sé! por eso estoy con el papel encerado, que hace una basura y luego alega su mamá.

Entonces, Juan se queda mirando fijamente a la Virgen y al niño Dios y me pregunta:

—¿Por qué terminaron en el desierto José y María, y no en un hospital?

—Es una historia muy triste: María tuvo que huir para salvar a su bebé, solo con lo que tenía puesto, montada en una burra y con San José. Llegaron a la ciudad de Naín sin un peso en los bolsillos, aguantando frío y ninguna posada les dio abrigo, por eso terminaron en un establo y allí nació nuestro Niño Dios.

—Como los desplazados. Imagínate que ayer vi una familia en un semáforo, tenían una cartelera, que decía que venían del bajo Baudó. ¡Venir uno desde el Chocó y terminar por aquí con este frío!

A mí se me hizo un nudo en la garganta pensando en los dos y medio millones de desplazados de la violencia en nuestro país. No sabía que decir y solo logré balbucear:

—Voy a cobijar bien este Niño Dios para que no pase frío y más con este invierno. Mañana continuamos, ya no tengo ganas de seguir luchándole a estos pastores quebrados.

Al día siguiente, terminé la tarde en los almacenes religiosos comprando unos nuevos pastores y me antojé de una barca. Dos pescadores: uno está a punto de tirar la red; el otro rema y la nave está llena de peces ¡Es genial! No lo pude evitar, nuestro lago tendrá pescadores y no solo patos como todos los años. Llegué con una sonrisa de oreja a oreja y le mostré la nueva adquisición a mi hijo, porque él era el responsable de la parte acuática.

—Ahora sí que va a quedar como un lago de verdad, con peces y todo —dije muy orgulloso.

Pero mi hijo me cambió de tema…

­—Papá, pasaron en la televisión un documental de los africanos que cruzan en barcas el Mediterráneo para llegar a Europa. Huyendo como María y José, soñando por un mejor futuro para sus hijos. Aunque muy pocos tienen la suerte de llegar a Italia. Fue horrible, niños muertos en la playa.

Después de semejante comentario, por un momento me arrepentí de haber comprado la barca; ya no era capaz de ver pescadores sino cientos de hombres y mujeres huyendo de la guerra.

-Papá ¿Me dejas pintarlos de negro?, quiero recordar en ellos el dolor de África.

Yo solo asentí con la cabeza, qué más podía hacer…

Para serles franco nunca había sido tan difícil hacer un pesebre, no por la pegada de los pastores quebrados, ¡no! era Juan el que me estaba amargando la noche con sus preguntas y metáforas. Esto no iba a salir como todos los años. Los hijos crecen y se ponen cada vez más difíciles.

La siguiente noche nos tocó trabajar el doble, porque la gata decidió acostarse entre María y José y el pesebre terminó en emergencia de desastre natural ¡Qué falta de respeto el de ese animal!

Luego de restablecer el orden, trabajamos en los pastores caminando en el desierto, guiados por la estrella en busca del Niño Dios. Esta es una de las partes que más me gusta hacer, los grupos de ovejas, los pastores por todos lados, felices peregrinando para ver al Niño Dios. Además, no solo tengo ovejas ¡tengo un zoológico completo! perros, gatos, conejos, pavos, gansos, gallinas, muchos gallinas y una ardilla que siempre está en un chamizo.

Yo me sentía feliz y hasta puse villancicos, pero cuando Juan colocó la estrella de Belén en el cielo, sobre un telón azul lleno de luceros, el cual yo había decorado con escarcha el año pasado, supe que hasta ese momento había llegado mi alegría.

—Estoy seguro que la estrella de Belén, es una de las estrellas de la bandera gringa, el sueño americano que guía a los centroamericanos a cruzar la frontera para huir del hambre y las maras salvadoreñas. —Habló con tristeza Juan.

—¡Esto ya es demasiado! Me vas a deprimir, mejor dicho ¡ya estoy deprimido! Es un pesebre, son pastores ¡pastores! y esto pasó hace más de dos mil años y esta barca tenía peces, no migrantes.

—Tranquilo papá, es que no puedo evitar pensar que siguen naciendo niños sin patria, sin hogar, con frío lejos de su país y cultura.

—Mejor me voy a dormir, mañana seguiremos. Además, no sé en qué caja están los reyes magos y los camellos.

—Yo los busco y los pongo. Ve a descansar papá.

A la mañana siguiente, Juan no me dejó entrar a la sala. Yo solo logré preguntar:

—¿No me digas que otra vez paso la noche en el nacimiento la gata de tu madre? ¡Me va tocar empezar de nuevo!

—No papá, Minina no ha hecho nada. Yo terminé el pesebre para ti. Es una sorpresa. ¡Un nacimiento del siglo XXI!

Al oír esas palabras me puse nervioso, mis manos empezaron a sudar ¡qué habría hecho ese niño con mi amado pesebre!

Al principio no vi nada extraño; de pronto mi mirada quedo fija en los reyes magos que ya no parecían ningunos monarcas sino más bien unos refugiados.

—¡Que le hiciste a Melchor, Gaspar y Baltazar! y ¿Dónde están sus tesoros y los dromedarios?

—Son migrantes sirios, no pueden tener camellos. Sabes que ellos caminan por más de un mes para llegar a Alemania, explotados por los coyotes que los venden y esclavizan.

Esta es la historia de una familia que huye con la ilusión en su vientre, este es el pesebre de los migrantes que huyen del hambre, la muerte y la guerra, con la esperanza de una redención, del asilo y de una mejor vida.

Ese bebé que tu cobijaste, es el niño Dios judío, musulmán, católico, cristiano, budista, negro, blanco o amarillo que quiere crecer en un mundo donde no exista la inequidad, la intolerancia, el hambre o el exterminio racial.

Entonces, mis lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Lloraba por el dolor de los migrantes; por mi pesebre “reconstruido”; de orgullo de ver en lo que se había convertido mi muchacho y porque soy un llorón sin remedio.


Posdata: el 16 de diciembre se rezó la novena con natilla, buñuelos y villancicos. Tuvimos unos invitados muy especiales: una familia venezolana que caminó desde la frontera, para que su bebé naciera en un hospital con médicos y medicinas.


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